He pasado meses intentando definir el arte de Marcela Ramírez-Aza, y como en el soneto de Lope, “nunca me había visto en tal aprieto”. Podría pensarse a primera vista que se trata de arte abstracto, pero en cuanto examinamos con detenimiento los cuadros de la pintora bogotana, la idea de abstracción desaparece. El pincel de Marcela Ramírez-Aza va mucho más allá del arte abstracto, se ubica en los predios de un arte que, de acuerdo con los cánones delineados por José Asunción Silva, podría denominarse arte sugestivo, y yo le agregaría que es un arte sugestivo cinematográfico, un arte con movimiento. Ese arte, por supuesto, no ha existido en la pintura, o no había existido hasta la aparición de Marcela Ramírez-Aza. Claro que todos los estilos de arte pictórico (realismo, híper realismo, abstraccionismo, cubismo, surrealismo, etc.), sugieren alguna cosa al público, y para cada espectador el mismo cuadro puede generarle sensaciones diferentes. En la composición de los cuadros de Marcela Ramírez-Aza hay una sucesión de sugestiones, a punta de iluminación, rayana en la magia. De cualquier forma que se les cuelgue en la pared, vertical, horizontal, o incluso transversal, las escenas sugeridas van adquiriendo un sorprendente realismo cambiante, en el sentido de que tales escenas varían de acuerdo a la posición del cuadro. Vemos en una pintura de Marcela Ramírez figuras fantásticas, paisajes idílicos, paisajes de mundos extraños, figuras de gente que conversa animadamente, monstruos que quieren devorarnos, ángeles que nos inundan de luz, todo un universo de sugestiones. ¿Cómo logra Marcela Ramírez-Aza esos efectos? Posiblemente ella misma no lo sabe. Esa es una de las características del genio.

Enrique Santos Molano